Testimonio de Jose Seidu Mans, Ex-Islámico

Testimonio de Jose Seidu Mans, Ex-Islámico

MIS PADRES ERAN MUSULMANES que pertenecían al pueblo de los fulanis. Desde muy joven me educaron en la fe musulmana, porque mi padre era un líder islámico. Cuando yo tenía tan sólo seis años de edad, tuve que dejar mi pueblo natal, pues fui enviado a un karmoko (maestro de árabe), con el cual viviría por unos ocho años. El me enseñó el Corán y las leyes del islam; empecé a ayunar, a dar limosnas, a ofrecer sacrificios y a cumplir con todos los deberes de un musulmán. Por aquel tiempo yo no sabía nada acerca del cristianismo, porque en esa zona no vivían cristianos.

Regresé a mi hogar después de haber leído y estudiado el Corán dos veces. Mi padre tenía el propósito de enviarme a su antiguo hogar en Mamu, Guinea, pero murió antes de poder cumplirlo. Entonces conocí a algunos cristianos, quienes me invitaron a estudiar en su colegio. Su religión no me interesaba, ya que yo creía firmemente en el islam, pero sí quería aprender el inglés y recibir una educación moderna, por lo que acepté la invitación. Estudié durante cinco años en este colegio sin que el cristianismo me afectara notablemente. Yo vivía y trabajaba en la casa de una profesora de edad avanzada. En este hogar había oración y se impartía educación cristiana. Incluso a veces iba a la iglesia, pero su fe no me convencía. Un día llegó el gobernador a nuestro pueblo de Kamabie, y la profesora lo invitó a almorzar. Ella me pidió que sirviera la mesa y yo accedí. Sin embargo, después rehusé hacerlo. Como era lógico suponer, mi actitud la disgustó. Cuando me presenté a su casa a la mañana siguiente para trabajar, no me dejó entrar.

Entonces me fui al colegio. Mi mal comportamiento no me preocupaba. Esa tarde, cuando regresé a la casa, ella estaba en la puerta y al acercarme, me llamó suavemente por mi nombre, diciendo:
—Seidu, perdóname.
Por un rato me quedé inmóvil. Luego pregunté:
—¿Qué?
—Esta mañana estaba enojada contigo —me explicó.

Hasta ese momento yo no había pensado seriamente en el pecado, pero entonces empecé a preguntarme: ¿Por qué ella me estaba pidiendo perdón a mí, cuando yo debía pedírselo a ella? El Señor utilizó la humildad de esa mujer cristiana al pedirme perdón para hacerme pensar muy seriamente en el pecado. Este fue el primer paso en el proceso maravilloso que usó el Señor para atraerme hacia El. Poco tiempo después, esa amada señora me envió a Gbendembu a continuar mis estudios. Allí, durante una reunión evangelística, Dios me habló de tal manera, que aún antes de que el predicador hiciera el llamado, yo me arrodillé y le confesé mis pecados al Señor Jesucristo. Sentí que estaba perdonado porque en mi corazón había paz y me sentía muy contento. Pero al regresar a mi hogar, encontré inmediatamente la oposición. Mis tíos no me recibieron en casa, así que tuve que alejarme de ellos por dos años. Después de eso, vieron que ya nada podían hacer conmigo al darse cuenta del gran cambio que se había operado en mi. Antes de este incidente, yo había sido una persona muy problemática en el hogar. Solía pelearme frecuentemente con mucha gente, y en varias ocasiones mi familia había tenido que ir a la Corte por mi mal comportamiento. Pero esto no volvió a suceder después de mi conversión.

Entonces, como no me pudieron convencer de que abandonara el cristianismo, me recibieron de nuevo en el hogar. Como resultado de eso, pude llevar a mis dos hermanos y a mi hermana al Señor Jesucristo. Pasaron unos tres años antes que me bautizara. Cuando llegó un nuevo pastor, me preguntó acerca de mis intenciones de bautizarme. Así que me matriculé en la clase preparatoria, y finalmente fui bautizado. Trabajé como maestro durante cuatro años. Luego dejé la enseñanza y me dediqué al ministerio pastoral, ya que Dios había confirmado claramente mi llamado. Doce años después, sentí que Dios me ofrecía un nuevo ministerio, para el cual necesitaría una mejor educación. Fui al extranjero y estudié en una universidad donde pude desafiar a muchos estudiantes a trabajar en las naciones no alcanzadas. Varios respondieron a este llamamiento.

Regresé a Sierra Leona como pastor y evangelista. Hoy, cada miembro de mi iglesia está interesado en el evangelismo. En la época de sequía alcanzamos a los pueblos vecinos, de tal manera que al culto dominical llegan personas de once pueblos, desde una distancia de hasta veinte kilómetros. Sesenta y cinco almas han sido ganadas este año para el Señor Jesucristo a través del movimiento Nueva Vida para Todos.

Algunas personas piensan que, como los musulmanes creen en un solo Dios, no es necesario predicarles el evangelio. Pero yo sé que Cristo ha cambiado mi vida y que en El he encontrado la paz que no había podido hallar de ninguna otra manera. Sé que El puede apartarme del pecado y que me cuidó en medio de las pruebas y el sufrimiento ocasionados por el abandono de mi familia. Cuando hablo con musulmanes, primero comparto lo que ya conocen, es decir, la creación, la caída, la desobediencia del hombre, y los profetas. Luego vemos las promesas de Dios con respecto al Mesías empezando desde Abraham. Esto nos lleva a la vida impecable de Jesús y a la cruz. Entonces comparto mi testimonio, y les digo que ahora soy lo que soy gracias a su muerte expiatoria en mi lugar, haciendo énfasis en el perdón de Cristo y el poder para conquistar el pecado. Con frecuencia hablo en colegios secundarios cristianos en los cuales hay estudiantes musulmanes y muchos de ellos se vuelven a Cristo. Cuando esto ocurre, tienen que decírselo a sus padres, y entonces algunos de ellos les dejan de pagar las cuotas del colegio. Pero los muchachos siguen confiando en el Señor, que les da toda la ayuda que necesitan para la vida.

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