El dogma del Purgatorio

Doga purgatorio Apologetica
La Iglesia católica afirma que existe un lugar tras la muerte para purificar las almas antes de entrar a la vida eterna. ¿Es correcto este dogma del purgatorio?

por Samuel Vila |

 

La Iglesia Romana enseña:

  1. Que existe un lugar de purificación para los difuntos que mueren con pecados veniales, y para los que, aunque perdonados sus pecados mortales, no han satisfecho a Dios debidamente por ellos.
  2. Que por medio de piadosos oficios fúnebres puede acortarse la estancia de estos difuntos en dicho lugar de tormento.1

El Santo Evangelio dice:

Que hay un cielo y un infierno; pero no se encuentra en toda la Sagrada Escritura ni una palabra acerca del purgatorio.

La purgación de los pecados se atribuye única y exclusivamente al Señor Jesús, según consta en los siguientes textos:

«Quien habiendo hecho la purgación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Hebreos 1:3). «La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado» (1.a Juan 1:7).

Es hacer afrenta a la gracia de Dios creer que El perdona sólo una parte de la culpa del pecado, y que el mismo pecado, una vez perdonado, tiene que ser expiado con alguna pena por parte del pecador. En la parábola del hijo pródigo no se dice que el padre perdonó al hijo y lo encerró en algún sótano de la casa paterna para que satisficiera por los pecados perdonados, sino que le restauró plena e inmediatamente a la condición de hijo, y aun hizo una fiesta en su honor (Lucas 15:11-32).

Al ladrón en la cruz tampoco se le exigió otra purificación que la que el mismo Señor Jesucristo estaba haciendo con su sangre preciosa derramada en el Calvario; pues a pesar de confesarse él mismo tan gran pecador, el Señor le dice: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lucas 23:4143).

El autor de la epístola a los Hebreos dice que el Señor Jesús «con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que ha santificado» (Hebreos 10:14). Frente a este texto tan claro de la Sagrada Escritura, ¿en qué lugar queda el dogma del reato del pecado y la necesidad de su purificación en el purgatorio? En más de veinte cartas apostólicas que se conservan, jamás se recomienda una oración para los fieles difuntos. ¿No sería esto un olvido grave por parte de los apóstoles, si ellos hubiesen conocido la existencia de este lugar de tormento? Pero es evidente que ellos no creían en semejante dogma, pues el apóstol san Pablo afirma que los que mueren en Cristo van a disfrutar inmediatamente de su presencia (Filipenses 1:23 y 2.a Corintios 5:8). Y ya sabemos que, según las enseñanzas de la Iglesia Romana, aun cuando el alma muera en gracia de Dios, es muy extraño que no le queden pecados veniales o algún resto de culpa que debe ser expiado en el purgatorio.

Opinión de los santos padres

San Agustín escribe: «La fe católica, descansando sobre la autoridad divina, cree que el primer lugar es el reino de los cielos y el segundo el infierno; desconocemos por completo un tercero.»2

Es verdad que el mismo san Agustín, en ciertos escritos suyos, admite la posibilidad de una purificación del alma para entrar en la gloria después de la muerte, pero admite también ser una suposición que no puede basar en textos de la Sagrada Escritura.

En un comentario acerca del pasaje 1.* Corintios 3:13, declara enfáticamente que aquel fuego purificador que los actuales comentaristas católicos suelen identificar con el purgatorio no es otra cosa que las tribulaciones de esta vida; y añade:

«No es increíble que algo semejante suceda después de esta vida, y puede investigarse si es manifiesto o no que algunos fieles se salven a través de un cierto fuego purificador.»3

El mismo san Agustín, al hacer mención de la práctica de orar por los difuntos, en los capítulos 109 y 110 de Enquiridion, expresa una doctrina netamente protestante al afirmar: «Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la final resurrección, las almas se hallan retenidas en ocultos lugares, según que cada una es digna de reposo o castigo, conforme a la elección que hubiese hecho mientras vivió en la carne.» Por esta última frase prueba su absoluta identificación con la doctrina evangélica de la conversión y el nuevo nacimiento espiritual, del cual él mismo era un buen ejemplo. Pero luego trata de aunar la doctrina apostólica de la seguridad de la salvación con la costumbre, ya muy extendida en la Iglesia de su tiempo, de orar por los difuntos, diciendo: «Estas cosas aprovechan a aquellos que cuando vivían merecieron que les pudiesen aprovechar después.»

Puede observarse la contradicción entre ambas afirmaciones de san Agustín, quien se ve en apuro para conciliar su propia doctrina evangélica de la justificación por la fe personal, con la de la intercesión por los difuntos. La primera cita es una clara alusión a la parábola del rico y Lázaro. Pero dicha historia, que recibimos de labios del único maestro infalible de la verdad, el Señor Jesucristo, declara la imposibilidad de recibir alivio los que sufren por sus pecados en la otra vida, o de cambiar su suerte (Lucas 16:25-26), y no dice nada acerca de que los «consolados» en el seno de Abraham purguen pecado alguno ni necesiten ayuda desde la tierra.

Si las almas, según afirma san Agustín, son clasificadas al morir de acuerdo con la elección que hicieron mientras vivían en la carne, todo depende de esta elección. No necesitan las oraciones y sufragios, que sus deudos podrían olvidar. Si cuando vivían merecieron el favor divino, lo tendrán; sin que Dios lo retenga hasta que se produzcan los tales sufragios, lo que sería una tremenda injusticia imposible de concebir en un Dios justo.

Desconocemos cómo Dios va a juzgar a los seres humanos en la otra vida. Lo único que nos enseña Jesucristo es que será de acuerdo con diversos grados de responsabilidad según su conocimiento de la voluntad de Dios al cometer el mal; pero no se da en la Sagrada Escritura la menor idea de que podamos beneficiarles ni por ofrendas ni por oraciones.

San Juan Crisóstomo declara: «En donde hay gracia, hay remisión; en donde hay remisión, no hay castigo.»4

El mismo san Bernardo, en tiempo más posterior, cuando el dogma del purgatorio se había abierto mucho camino, dice: «Dios obra con liberalidad; El perdona completamente.»5

San Isidoro de Sevilla, en el siglo XIII, escribe: «Ofrecer el sacrificio para el descanso de los difuntos, rogar por ellos, es una costumbre observada en el mundo entero. Por esto creemos que se trata de una costumbre enseñada por los mismos apóstoles.»6

Nótese la debilidad de esta afirmación: «Creemos que se trata», no «sabemos», ni «estamos seguros». Que tal tendencia y costumbre provienen de muy antiguo, no lo pretendemos negar, pues la doctrina pagana al respecto es más antigua que el mismo cristianismo; pero lo cierto es que no se halla tal enseñanza en los escritos que poseemos de los mismos apóstoles en el Nuevo Testamento.

Los católicos suelen aportar como prueba de la existencia del purgatorio algunos textos bíblicos que no tienen valor alguno para tal objeto. Veámoslos:

El primero que citan (pues es el único texto de su Biblia que expresa claramente una idea de purificación después de la muerte llevada a cabo por medio de ofrendas desde la tierra) es un pasaje del 2°libro de los Macabeos, cap. 12:43-46, donde se lee:

«Entonces Judas Macabeo, “habiendo mandado hacer una colecta, reunió hasta dos mil dracmas de plata y las envió a Jerusalén para que se ofreciese un sacrificio expiatorio: bella y noble acción, inspira da en el pensamiento de la resurrección; porque si él no creyera que los muertos resucitarían, era superfluo y ridículo orar por los muertos. Pensando, pues, que hay una recompensa reservada a los que mueren piadosamente —santo y piadoso pensamiento—, hizo un sacrificio expiatorio por los muertos, para que se les perdonase su pecado” (vv. 43-45).»

Este texto probaría algo si se hallara en la Biblia canónica, es decir, en los escritos sagrados que Jesucristo y sus apóstoles consideraron como Palabra inspirada de Dios; pero desafortunadamente es sacado de un libro apócrifo del cual no se encuentra ninguna sola cita en el Nuevo Testamento; libro que fue definitivamente añadido a la Biblia Católica en el Concilio de Trento por el decreto De Canonicis Scritures, el 8 de abril de 1546, a fin de tener un libro en la Biblia que apoyara la doctrina romanista del purgatorio, y sobre todo de las indulgencias, con tanto éxito combatidas en aquel tiempo por la Reforma.

Otro texto que citan con preferencia los apologistas del purgatorio son las palabras de Cristo en el Sermón del Monte, con las cuales el supremo Maestro nos enseña la necesidad de poner fin, del mejor modo y lo más pronto posible, a las querellas con nuestros prójimos:

«Por tanto, si trajeres tu presente al altar y allí te acordares que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu presente delante del altar; y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante» (S. Mateo 5:23-26).

En este pasaje Jesús está dando consejos acerca de la supresión de todo odio. Nadie debe enojarse sin razón con su hermano, pues Dios conceptúa el odio y el rencor como un pecado mayor de lo que nosotros suponemos (Mateo 5:21-22). En efecto, nadie sabe a dónde puede llevar el espíritu de odio. Se sabe cómo empieza una riña, pero nadie puede prever cómo acabará.

Jesús conocía en su tiempo los peligros de apelar a los tribunales para el arreglo de un pleito; sobre todo tratándose de la justicia de un invasor, que sólo buscaba una excusa para la expoliación del pueblo oprimido. Por consiguiente, lo mejor para el propio interés, y lo que más complacería a Dios, sería la conciliación y la amistad.

Este es el claro y evidente sentido del pasaje. Darle una interpretación espiritual aquí no cabe, pues quien tenía que dársela es Cristo mismo. Es lo que hace en las parábolas del Sembrador y de la Cizaña (S. Mateo, cap. 13). No hay, pues, ninguna razón por que Cristo no dijera aquí, como hace en el capítulo 13 de este mismo Evangelio: «El juez es Dios; el alguacil es el diablo; la prisión es un lugar temporal de tormento que aguarda a las almas después de la muerte; los cuadrantes (moneda romana) son los pecados.»

Entonces, todos los cristianos del mundo aceptaríamos sin reparo alguno la doctrina del purgatorio. Pero el Divino Maestro no dice nada de esto. Cristo mismo no se recató de hablar varias veces del infierno en este «Sermón del Monte». ¿Por qué no había de hacerlo en cuanto al purgatorio, si conocía la existencia de tal lugar?

Aún hay más; en algunas de sus parábolas el Salvador no nos da su interpretación espiritual, pero nos incita a buscarla, advirtiéndonos: «El reino de los cielos es semejante a…» Entonces ya sabemos que la historia que sigue es una alegoría del reino espiritual. Pero no lo dice en este pasaje, del cual la Iglesia Católica pretende sacar nada menos que la doctrina del purgatorio. ¿Por qué? Evidentemente, porque no tiene ningún sentido espiritual, sino moral y práctico, y hay que aceptar lo que dice, y nada más que lo que dice.

Otro texto del cual los expositores católicos hacen gran uso y abuso para tratar de probar la doctrina del purgatorio es el de san Pablo en 1.a Corintios 3:10 a 15, donde leemos:

«Según la gracia de Dios que me es dada, yo como sabio arquitecto, puse los cimientos; otro edifica encima. Cada uno mire cómo edifica, que cuanto al fundamento nadie puede poner otro sino el que está puesto, que es Jesucristo. Si sobre este fundamento uno edifica oro, plata, piedras preciosas o maderas, heno, paja, su obra quedará de manifiesto, pues en su día el fuego lo revelará y probará cuál fue la obra de cada uno. Aquel cuya obra subsista, recibirá el premio; y aquel cuya obra sea quemada, sufrirá el daño; él, sin embargo, se salvará, pero como quien pasa por el fuego.» (Versión de Nácar-Colunga.)

La idea es bien clara; se trata de la pérdida de aquella recompensa que el Señor dará a sus obreros fieles cuando los éxitos mundanos desaparecerán; si bien el obrero podrá ser salvo, si es un verdadero hijo de Dios; pero sufriendo la vergüenza de ver destruidos sus aparentes éxitos de este siglo. Aquí no hay purgatorio de ninguna clase, puesto que lo que el fuego tiene que quemar, según el texto griego, no es la persona, sino la obra.

He aquí toda la débil base bíblica del purgatorio, deshecha por una natural exégesis de los principales textos con que tratan de apoyarlo sus defensores.

La opinión de los paganos

Si bien no se encuentra en la Santa Biblia el dogma del purgatorio, podemos reconocer su origen recordando que era una creencia común entre las religiones paganas.

Platón, hablando del juicio futuro de los muertos, afirma que «de aquellos que han sido juzgados, algunos deben primeramente ir a un lugar de castigo donde deben sufrir la pena que han merecido».7

Y Virgilio dice:

«Ni tampoco puede la mente envilecida, Encerrada en el oscuro calabozo de las almas, Ver el cielo natal ni reconocer su ser celeste; Ni aun la muerte puede lavar sus manchas, Sino que la suciedad antiguamente contraída permanece aún en el alma; Llevan las reliquias del vicio Inveterado, Y manchas de pecado obsceno aparecen en cada rostro. Por esto varias penitencias se prescriben; Y algunas almas quedan suspendidas al viento. Otras son echadas al agua, y otras purgadas en fuego Hasta que se haya agotado toda la malicia del pecado; Todas tienen sus manes y estos manes sufren. Las pocas así limpiadas se van a estas mansiones Y respiran en vastos campos el aire del Elíseo, Y entonces son felices cuando con el tiempo Concluye la mancha de cada crimen cometido, Y nada queda de su habitual pecado, Sino sólo el puro éter del alma.»8

Esta doctrina resultaba muy provechosa para los sacerdotes paganos, porque era la base de sufragios piadosos por los difuntos. Platón habla de «un misterio y el más costoso de todos los sacrificios, llamado el Télete, que era ofrecido por los vivos y los muertos para librarles de todos los males a que los malignos están expuestos al abandonar este mundo».9

Tales eran las ideas de los paganos a los cuales fue predicada la doctrina cristiana. No es extraño que algunos cristianos, imbuidos de estos pensamientos, al aceptar la nueva fe empezaran a orar por sus difuntos y a recomendar esta clase de oraciones, pero no sin tener la oposición de muchos cristianos piadosos que condenaban totalmente a orar por los que, según la Escritura, «descansan de sus trabajos».10

Los que, inclinados un poco hacia aquella creencia, como san Agustín, oraban por sus difuntos, era siempre con duda y como medida de precaución, teniendo que reconocer, sin embargo, que no podían encontrar en las Sagradas Escrituras una clara enseñanza de dicha doctrina.

El dogma del purgatorio, en sus principios, fue condenado en el concilio general celebrado en Constantinopla en el año 573, y no fue aceptado como tal hasta el concilio de Florencia en 1439.

Bibliografía:
1 Código de Derecho Canónico, lib. HI, art. 2°, ap. 809.
2 August, Hirog., I, 5, tomo VIL Bosel, 1529.
3 Enquiridión, capítulos LXVIII y LXIX. Esta actitud de duda por parte de san Agustín y otros padres de la Iglesia muestra claramente que tal doctrina no era de origen apostólico, sino una infiltración pagana, que pareció plausible para resolver el aparente problema concerniente al destino de las almas, con insuficiencia de méritos para «merecer» el cielo. Pero tal preocupación no muestra sino un olvido de la doctrina apostólica de salvación completa por Cristo. Nadie es bastante bueno para merecer el cielo. Pero cualquier cristiano que se mantiene sinceramente en el camino de la fe y la piedad puede estar seguro de la vida eterna, porque «si andamos en la luz, como El está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado» (1.a Juan 1:7). Si la sangre (o sea la obra expiatoria) de Jesucristo nos purifica de todo pecado, ¿cuáles son los pecados que quedan para ser purificados en el purgatorio?
4 Homilía VIII en Epit. ad Roma.
5 Serm. de Fragmentis.
6 De eccles. off., 1, 18, 11; ML 83, 757.
7 Platón, Phaedrus, pág. 249, A, B.
8 Dryden, Virgilio, lib. VI, líns. 995-1012, tomo II, página 536. Citados en el libro Las dos Babilonias, de A. Hislop,
pág. 276.
9 Phaedrus, por Platón. Tomo II, págs. 364-365.
10 Apocalipsis 14:13